A mi hijo:
Anidando en el sembrado de mis manos
Te dormías,
Como la alondra en las siestas veraniegas,
Tú,
Levantabas la carita para mirarme,
Yo,
Te besaba la frente,
Y cerrabas los ojitos
Sabedor de estar protegido.
Ahora ya vuelas en tu propio cielo y,
Me cuesta acostumbrarme,
Casi que me da miedo,
Cuando me dices hasta luego.
No por tu leve experiencia… si no,
Por la imprudencia de esta vida.
Trasnochadas y temblorosas noches,
espero tu regreso,
Y cuando siento el crujir de la puerta,
Mi corazón se desacelera
en los minutos de silencio,
Y entonces, mis alas… reposan.
Para mi hijo, que la vida lo trate bien.
F. Rubio ©
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